ÃËÀÂÍÀß Î ÍÀÑ ÄÅßÒÅËÜÍÎÑÒÜ ÑÒÐÓÊÒÓÐÀ ÏÓÁËÈÊÀÖÈÈ ÊÎÍÒÀÊÒÛ ÊÀÐÒÀ ÑÀÉÒÀ ESPAÑOL
Ðåéòèíã@Mail.ru

Evgueniy Astakhov
Ph.D. (Historia)
Embajador Extraordinario y Plenipotenciario,
Embajador de Rusia en Argentina en 2000-2004


EL MUNDO RUSO EN EL ESPACIO ARGENTINO


El mundo ruso es una civilización de espacios enormes que no tiene solamente una significación geográfica o geopolítica. Este factor determina una  mentalidad especial siempre abierta para la comunicación con otras culturas. Además “el mundo ruso” es un concepto amplio que abarca otras etnias. Estos dos factores ayudan a los rusos que se van de su Patria, voluntariamente o por fuerza de razones económicas o ideológicas, a adaptarse mejor en la Argentina que por su formación histórica tiene semejantes características. Lo intuyó bien Ernesto Sabato, famoso escritor argentino, al decir que los rusos se sienten bien en “la vieja Argentina de las grandes llanuras”. (1) No era casualidad que en estas llanuras buscaban su felicidad miles de rusos o la gente que se consideraba parte del mundo ruso compartiendo su cultura y lengua. El samovar se puso al lado del mate y se sentía bien la companía.


Los primeros grupos de los inmigrantes de Rusia a la Argentina constituyeron los alemanes que vivían en el Volga y el sur. Ellos empezaron a salir de Rusia en 1874, a raíz del establecimiento del servicio militar obligatorio para todas las etnias y todas las capas sociales que habitaban la Rusia multinacional de entonces. Estos primeros inmigrantes aprovecharon la ley de promoción inmigratoria aprobada en Argentina en 1876 y ya en 1877-1878 había seis mil alemanes que fundaron sus primeras y prósperas colonias en las provincias de Entre Ríos y Buenos Aires. Según datos del consulado ruso, hacia 1910 vivían en Argentina no menos de cuarenta y cinco mil alemanes de Rusia que durante decadas mantenían fuertes vínculos con su antiguo suelo. Aun hoy, recorriendo los pueblos de Entre Ríos, se pueden escuchar sus historias y oír las palabras rusas entreveradas en su castellano.


A partir de los años ochenta del siglo XIX afluyeron a la Argentina polacos, lituanos y judíos de las partes occidental y sur del Imperio Ruso, corriente que creció considerablemente en los años 90 en lo que se refiere específicamente a los judíos. En 1891 el barón Mauricio de Hirsch fundó en Londres la Asociación de Colonización Judía que debía ayudar a los judíos a salir de Rusia y adaptarse a la tierra argentina. Para radicados, la Fundación Hirsch compró más de tres millones y medio de hectáreas en las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos y La Pampa; de allí surgieron los famosos "gauchos judíos".


Pero muchos de los recién llegados, en su mayoría artesanos, sastres, peluqueros y pequeños comerciantes, preferían quedarse en Buenos Aires, de modo que hacia 1890 ya vivían en la ciudad muchos "rusos", como los porteños llamaban a todos los que venían con pasaporte del Imperio Ruso, sin distinción de nacionalidad o región de procedencia. Según los datos oficiales, en 1914 - por ejemplo - había en la Argentina cien mil judíos provenientes de Rusia, entre ellos 40.000 instalados en Buenos Aires. Aun hoy se llama "rusos" a los descendientes de esas familias, si bien en los cien años transcurridos desde entonces se han asimilado completamente al contexto local. Pocos de ellos ya hablan ruso, pero muchos recuerdan los nombres de los lugares y ciudades de Rusia donde nacieron o desde donde partieron sus antepasados.


Otra ola masiva, aunque de distinto origen, se produjo entre los años 1900 y 1913, cuando muchos campesinos llegaron seducidos por la proclamada riqueza del suelo argentino. Cada barco que tocaba el puerto de Buenos Aires traía obreros y campesinos rusos en busca de trabajo. En 1913 los inmigrantes de Rusia ocuparon el tercer lugar, luego de los italianos y los españoles, y se estima que al año siguiente hubo doscientas mil personas procedentes del Imperio Ruso. (2) Aprovechando los meses de invierno en su patria, muchos campesinos viajaban para ocuparse de trabajos temporales anuales o se quedaban dos o tres años para aumentar sus ganancias o sus ahorros, que solían mandar a Rusia. En general no se incorporaban a la vida cotidiana del país; vivían encetrados en sí mismos y en sus grupos, siempre con nostalgia y pensando en el regreso. Pero el principio de la primer guerra mundial y luego la revolución de 1917, hicieron imposible el retorno de la mayoría.


El principal mérito de esta gente fue explorar nuevas tierras argentinas y cultivar diferentes cereales en grandes extensiones. Gracias a su trabajo se introdujeron varias nuevas culturas, así surgió el trigo -llamado ruso bartela-, la cebada, el trigo sarraceno, y empezaron a sembrarse extensamente el lino y girasoles. Años más tarde, el trigo y el lino constituirían la principal riqueza agrícola del país. La gran parte de estos campesinos se instaló en la provincia de Misiones, también en las provincias de Santa Fé y Entre Ríos donde sus descendientes viven hasta hoy. En el norte argentino, en Misiones, existen en la actualidad varias comunidades originarias del Imperio Ruso que han conservado los nombres y apellidos de origen, las tradiciones, el folklore y la memoria de la vieja patria.


En la ciudad de Oberá, que es centro de la población eslava del país, se celebra la fiesta anual de las diferentes comunidades, y la colonia rusa participa con sus canciones, bailes y comidas. Rusia tiene hoy su Cónsul Honorario en la provincia de Misiones y los descendientes de aquellos primeros colonos rusos exhiben con orgullo, magníficamente aclimatados, los famosos girasoles que sus bisabuelos trajeron de tierras lejanas. (3) Es increíble encontrar en el medio de la selva tropical, entre el vigoroso verde de esa tierra roja, las cúpulas celestes de las iglesias ortodoxas. Al respecto se cuenta la anécdota del padre ruso que, al contemplar la típica cúpula acebollada de la nueva iglesia, recién acabada por obra de un artesano local, percibió que algo había resultado mal, pero no acertaba a definirlo. Recién después de una noche en vela, al volver a mirar la cebolla algo defectuosa con la luz del día, cayó en la cuenta que tenía la misma forma de la calabaza del mate que estaba bebiendo.


En los años 20 llegaron a la Argentina miles y miles de nuevos inmigrantes originarios de los territorios occidentales de Bielorusia y Ucrania. En la actualidad los integrantes de estos grupos tienen sus federaciones y clubes y desarrollan actividades sociales, culturales y deportivas. A partir de los años veinte aparecen en la Argentina los primeros exiliados rusos llamados "rusos blancos", emigrados a causa de los violentos colapsos sociales de la revolución y la guerra civil. El total de exiliados rusos durante los años veinte se acercó a los tres millones de individuos; no es fácil precisar cuántos de ellos llegaron a la Argentina: se calcula entre 2000 y 3000. Muchos de los oficiales blancos se fueron después a Paraguay y lucharon en el ejército paraguayo en la Guerra en Chaco dando su aporte valioso y decidido.


Después de la segunda guerra mundial, entre 1948 y 1950, otra gran ola de exiliados rusos llegó al Río de la Plata. El general Perón, entonces Presidente, autorizó por decreto el ingreso de diez mil rusos procedentes de Francia, Yugoslavia, Checoslovaquia y otros países europeos; a este grupo de los blancos se incorporaron prisioneros de guerra soviéticos.
Así, los inmigrantes de Rusia de una y otra etapa fueron entregando su aporte cultural, sus conocimientos profesionales, su imaginación y su trabajo al país que tan generosamente los recibió, en gran diversidad de especialidades. Hubo notables botánicos, ingenieros forestales que prestaron servicios en bosques que pueblan diversos parques nacionales, entomólogos, que estudiaron la fauna del país, paleontólogos, matemáticos, ingenieros navales y milirares, ingenieros constructores y eléctricos, biólogos, médicos, geólogos. La colectividad rusa albergó muchos intelectuales: pintores, escultores, escenógrafos, músicos, compositores, escritores, publicistas, periodistas, profesores universitarios, abogados y jueces. Se editaban semanarios en idioma ruso, existían activos grupos teatrales, coros, escuelas sabatinas, organizaciones juveniles y deportivas. No podemos dejar de mencionar el destacado papel de tantos artistas rusos - directores, cantantes, instrumentistas, bailarines, coreógrafos, escenógrafos -que contribuyeron intensamente al desarrollo de la vida cultural argentina, compartiendo con colegas argentinos y de otros países, ese escenario de privilegio como es el Teatro Colón.


Es interesante mencionar que entre los años 20 y 40 vivía y creaba en la Argentina el eminente escultor ruso Stephan Erzia (4), cantó en el Colón el famoso Fiodor Chaliapin, bailó sobre su escenario Ana Pavlova.


Encontramos en las poesías de Ruben Dario una alusión a esta gran bailarina:


¿Sabéis? La rusa, la soberbia y blanca rusa
Que danzó en Buenos Aires, feliz como una musa
Enamorada...
La rusa más hermosa de las rusas viajeras,
Manzana matutina, flor de las primaveras
Diamante de los popes y perla de los zares;
La rusa que tenía su ramo de azahares. (5)


En Buenos Aires, en 1913, en la Iglesia San Miguel se casó Vaslav Nijinsky, en 1927 ganó el campeonato mundial de ajedrez Alexey Aliojin y hay muchos otros hechos de esta índole. No podemos dejar de citar algunos apellidos sonantes que importan mucho a la historia y arte ruso cuyos descendientes viven y trabajan en la Argentina - Puchkin, Dolgoruky, Gortchacow, Kutuzov, Rimsky-Korsakov. Kruzenchtern, Chelejov (primer explorador de Aliaska rusa), Mamontov, Benua y otros. En Buenos Aires, durante los años 40-50 vivió la Gran Duquesa Rusa María Pavlovna Romanova, sobrina del zar Nicolás II (esta princesa en exilio pintaba acuarelas para vender y sobrevivir, las que vimos en unas casas de Buenos-Aires); aquí encontaron albergue temporario los hijos del segundo matrimonio del zar Alejandro II, los gran príncipes Yurievsky, y en algunas familias se guardan como reliquias los objetos que habían pertenecido a este zar ruso. La huella rusa está presente en la vida religiosa argentina, hay 11 templos ortodoxos en esta tierra. La historia de la primera Iglesia Ortodoxa Rusa instituida en la America del Sur - la Catedral de la Santísima Trinidad -, sita en la calle Brasil 315, ya constituye un hito especial.


Las relaciones diplomáticas entre Argentina y Rusia se establecieron oficialmente en 1885, y al principio la representación diplomática estaba integrada por una docena escasa de rusos. Apenas dos años después, respondiendo al pedido de inmigrantes ortodoxos rusos y también griegos, rumanos, serbios, sirios y libaneses, un decreto del zar Alejandro III instituyó aquí la primera parroquia Ortodoxa Rusa en el exterior. En el primer día del año nuevo de 1889, en una pequeña capilla armada en un departamento anexo a la misión diplomática, el padre Miguel Ivanov ofició la primera misa. En 1891 llegó desde Rusia el padre Constantino Izrastzoff, para desempeñarse como agregado a la Embajada Imperial. Gracias a su actividad incansable, que incluyó una activa campaña de recolección de fondos en Rusia en la cual participaron generosamente el zar Nicolás II y su familia, se logró levantar la actual Catedral de la Santísima Trinidad frente al Parque Lezama, muy cerca del probable lugar donde ocurrió la primera fundación de Buenos Aires en 1536.


El templo fue construido en el breve período de tres años, según el estilo de las iglesias moscovitas del siglo XVII, coronado con cinco esbeltas cúpulas celestes acebolladas, cubiertas de estrellas y rematadas con cruces que miran al Oriente. El proyecto fue realizado en Rusia por el académico Preobrazhensky y la obra fue dirigida localmente por el arquitecto Alejandro Christophersen, que era sobrino de Peter Christophersen, un noruego que desde 1888 se desempeñaba como cónsul de Rusia en la Argentina. La bendición de la Catedral y la primera misa se celebró el 6 de octubre de 1901, con la presencia del presidente de la República, general Julio A. Roca. Las crónicas de la época señalan la gran impresión que recibió el público ante el espléndido ámbito de luces y colores presididos por el monumental iconostacio de porcelana finamente modelada y policromada, enviado en barco dentro de múltiples cajas y prolijamente armado sobre el frente oriental del recinto sagrado. Muchos iconos valiosos y objetos litúrgicos traídos desde Rusia, así como mosaicos veneciando donados por al académico I. Frolov (actualmente restaurados, luego del incendio que hace años los dañó) alternaban con pinturas de Beliaev, Pavlov, Nesterov y Riabushkin en la cúpula y los muros.(6)


En el año 1943 se instituyó en Buenos-Aires la parroquia de la Iglesia Otodoxa Rusa del Patriarcado de Moscú y en 1947 se bendijo la Catedral de Anunciación de la Virgen ubicado sobre la calle Bulnes. A partir de 1964 la diócesis que abarca la Argentina y toda Sudamérica está atendida por un arzobispo designado por el Patriarca de Moscú.


En 2003 en Buenos Aires se realizó el proyecto de la exposición sobre la presencia rusa en Argentina promovido por la Embajada de Rusia. Este proyecto nació de una serie de encuentros, muchas veces imprevistos, con personas cuyas raíces son rusas.
Al conocer las historias increíbles de sus destinos, descubrir unas piezas admirables de arte relacionadas intimamente con Rusia, ir conociendo las numerosas muestras de la cultura rusa en la Argentina, nos ilusionó la idea de ofrecer una exposición de las huellas que los inmigrantes de Rusia dejaron en la vida y tradiciones argentinas y recoger a través de documentos, fotos y objetos de arte, al menos un poco de la historia de su patria lejana, celosamente guardada en sus corazones. 


En la exposición presentamos algunos documentos históricos. Hay un decreto auténtico del Imperador de Rusia Alejandro III sobre el nombramiento del primer cónsul honorario ruso en la Argentina Peter Christophersen, hay fotos poco conocidas de la familia imperial rusa, papeles dedicados a la coronación del último zar Nicolás II, su autógrafo — un telegrama ameno dirigido al Jefe del Estado mayor del Ejército Ruso General M. Alexeev (sus nietos también viven en Argentina) quien años mas tarde iba a asumir la renuncia del Zar. Es curioso ver papel-monedas de enorme tamaño, llamados asignaciones, con los retratos de Pedro el Grande y Catalina Segunda, lo más curioso todavía es cómo estos papeles se guardaron durante épocas, tal vez con esperanza de gastarlos un día en Rusia...


Esta exposición se realizó en el Museo Nacional de Arte Decorativo, institución que alberga una extraordinaria colección de miniaturas y óleos europeos donados por los Zubov, descendientes de la alta nobleza rusa con una genealogía que se remonta al famoso Platón Zubov, la amistad íntima de la emperatriz Catalina II.(7) Algunos objetos de origen ruso proceden de la colección de Paula (Pavlina)de Koenigsberg, que por su estilo lujoso y gusto poético hacen recordar la atmósfera de los palacios de San Petersburgo. Desde la pared del Salón de Madame nos mira la emperatriz Maria Fiodorovna, consorte de Pablo I, ella misma una artista de auténtico valor, retratada en un enorme óleo de Gian Battista Lampi; en el escritorio descansa un bronce de Pablo Troubetzkoy retratando al antiguo dueño de casa; sobre la mesa del comedor brilla la sopera de plata que perteneció a la emperatriz Elizabeth de Rusia, y arriba, en el primer piso, los retratos lucen los nombres de los protagonistas de la historia imperial rusa.


Preparando esta exposición encontramos un viejo catálogo de 1945 con el prefacio de la gran duquesa María que confirma que surpresas se reunen en Buenos Aires. Están aquí algunas de estas líneas: “Algunas de las ventanas de mi primer apartamento en Buenos Aires daban a un patio, un patio invadido por filas de ventanas superpuestas...Una mañana que ociosamente miraba a através de ellas, vi algo que de pronto atrajo mi atención. Dos ventanas enfrente de las mías adquirieron vida de improviso. Las sombras se levantaban y un sol matinal jugaba sobre un conjunto variado de objetos que estaban allí, atrás de estas ventanas. A pesar de la distancia sentí que esos objetos eran de una calidad poco común. Porcelanas, jarrones en bronce, relojes con delicadas figuras, soperas de plata, bustos de mármol, candelabros que brillaban como árboles de Navidad... Cuántos recuerdos y escenas volvieron a mi memoria. Pude ver los grandes salones del Palacio de Tzarskoie que fueron escenario de mi infancia...Veía el hermoso Palacio Pavlovsk.” La duquesa recordó los muebles y objetos que la habían rodeado en su infancia y juventud en Rusia. “Yo lo sabía, pero no hubo ni hay tristeza en mi corazón”,- escribe ella. “Un día esos objetos fueron nuestros, cuando niños fuimos criados entre ellos, nos hablaban de la belleza, de cultura. Son como emblemas. Tienen su propia misión que cumplir en la vida, llevar un silencioso pero potente mensaje... Su misión los ha traído a esta tierra hospitalaria y sé que el mensaje será oído por todos aquellos que los contemplen.”(8) La exposición mencionada no pretendía ser un espejo de todo el patrimonio cultural ruso en este país tan acogedor. Rusia no cabe en ninguna exposición. Sin embargo, este evento contribuyó mucho a acercar culturas y juntar gente.


Al celebrar 125 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Rusia y Argentina podemos afirmar que el tiempo sólo hizo reforzar las simpatías recíprocas de nuestras naciones. Estas simpatías están basadas en un patrimonio común – una profunda comunidad cultural y espiritual. La actual crisis mundial confirmó que sólo por mecanismos económicos no se pude solucionar los problemas principales de nuestro planeta. En este sentido compartimos la idea del Premio Nobel de Medicina, el argentino César Milstein de que la fuerza económica de los países se basa cada vez más en el potencial intelectual y creador de su gente. Justamente este potencial humano constituye la riqueza principal de Rusia y Argentina. Sería derroche de tiempo de no aprovechar esta riqueza común para el bien de nuestros pueblos.


Notas:
1. Ernesto Sabato. El escritor y sus fantasmas.Buenos Aires. 1998, p.12.
2. Dirección General de Inmigración. Resumen estadístico del movimiento migratorio en la República Argentina. Años 1957-1924. Buenos Aires, 1925.
3.”El territorio”. XXIV fiesta nacional de inmigrante.Oberá, 2003.
4. Erzia. Zurbarán Ediciones. 2003. Elena Astakhova. Stephan Erzia, hijo de padres rusos y madera argentina, p.8-9.
5. Ruben Dario. Poesía.Biblioteca Ayacucho. 1985, p.444.
6. “La iglesia ortodoxa rusa, un símbolo de San Telmo, cuple cien años”.Buenos Aires.Clarín. 06.11.2001.
7. Colección Zubov.Catálogo. Museo Nacional Arte Decorativo.Buenos Aires, 1997.
8. Exposición de obras maestras. Museo Nacional de Bellas Artes. Buenos Aires, octubre de 1945, p. 10-11.

 

ÃËÀÂÍÀß Î ÍÀÑ ÄÅßÒÅËÜÍÎÑÒÜ ÑÒÐÓÊÒÓÐÀ ÏÓÁËÈÊÀÖÈÈ ÊÎÍÒÀÊÒÛ ÊÀÐÒÀ ÑÀÉÒÀ ESPAÑOL
Copyright © ÈËÀ ÐÀÍ 2005